Las lecciones de la vida
Cuando las cosas siempre han sido de una manera, tiendes a pensar que tienen que ser de esa manera. Lo malo y lo bueno viene preestablecido por la rutina que hemos ido viviendo a lo largo de nuestra vida. Es como si tuviésemos una memoria a largo plazo que anotase los patrones a seguir ante determinados sucesos, que grabase lo que puede ser clasificado como habitual y lo que se sale de lo común.
Rosas. Ahora mismo están en el jarrón de la mesa, a punto de apagarse definitivamente. Hace una semana, eran perfectas. Sin embargo, no han dejado de tener significado para mí. Creo que, aunque acaben por desaparecer del jarrón, seguirán en mi memoria. Las rosas han cambiado una creencia que, a fuerza de repetirse, creía cierta.
Todo el mundo merece que alguien le quiera. No se trata de querer a alguien y que esa persona te preste un mínimo de atención necesario para mantener tu interés, no... se trata de que alguien te quiera. Querer a alguien no significa entregar algo en beneficio propio. Querer a alguien es un acto completamente desinteresado y altruista del que todos merecemos formar parte.
Por eso, no merece la pena malgastar el tiempo en pensar si es apropiado o no el querer a alguien. Los sentimientos son nuestro bien más preciado y, la mejor manera de conservarlos, es compartirlos con aquellos que, directamente, son la causa de su aparición. No se trata de firmar un contrato indefinido, son manifestaciones momentáneas y reales en el instante de su nacimiento. Son ciertas mientras duran. Yo, aquí y ahora, siento que te querré para siempre... y para siempre no va más allá de este segundo que dura cuando mis ojos se clavan en los tuyos. Puede que, después, sea una eternidad. O puede que, como las rosas, muera a la semana... pero su estela quedará siempre grabada en mi corazón. Como todas las lecciones, correctas o incorrectas, que te enseña la vida.
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Sherpa -