Aqui no hay Tiffany's
Hay días que terminan antes de empezar. Que, cuando amanecen, te susurran al oído una disculpa... y entonces, ya lo sabes, el día ha terminado. Aunque siga, aunque no se note. Tú y las horas que transcurren conocéis el secreto, por eso no se molestan en disimular. Se repiten una tras otra, la misma secuencia insípida... y tú, tú te limitas a esperar. No puedes saltarlas como si fueran un charco, no puedes cambiarlas, no puedes hacer que el día se arrepienta porque ya ha terminado y, como todo lo que acaba, el comienzo se ha quedado en ese rincón dónde habitan los imposibles.
Hay días en los que las cosas importantes, parecen más importantes todavía. Las cosas pequeñas, se encogen hasta desaparecer y, al final, te quedas tan solo que no eres capaz de encontrar ni tu propio reflejo. No puedes porque todo lo que te formaba, todos esos pequeños gestos, se han ido... y solo ha quedado esa preocupación enorme que eclipsa todo... esa que no dice nada, que no comprendes, que no tiene nombre ni forma... esa que, es tan grande, que nunca llegaste a conocer por completo.
Hay días que se repiten a pedazos. Y cogen un poco de aquí y otro poco de allá. Y montan una obra de teatro hecha de retales. Y tú no eres el protagonista, ni el director... ni siquiera eres el encargado del telón. Se repiten las secuencias, trozos de historias que ya fueron, palabras que ya se dijeron, mentiras que ya engañaron, sonrisas que ya se apagaron... y ese día, tú día, acaba por ser una de esas repeticiones que se emiten de madrugada mientras tú duermes en el sofá.
Hay días que madrugan para torcerse. Se levantan con el pie izquierdo, con el derecho, con los dos a la vez... y tropiezan, caen de bruces contra el suelo, no se levantan. Se quedan tirados en la moqueta de tu habitación hasta que llega la hora de acostarse. Todo parece más gris desde el suelo, más triste, peor... y no te quedan ya ganas de ser, ni de estar, ni de intentar permanecer... y solo piensan que, de haberlo sabido, hubiesen permanecido entre las sábanas veinticuatro horas más.
Hay días que nos dejan sordos pero nosotros, siempre tan egocéntricos, creemos que son ellos los que están mudos. Nos quejamos una y otra vez porque no escuchamos nada, porque no nos dicen nada interesante... y creemos enfadarnos con nuestro día mudo cuando, en realidad, estamos enojados con nosotros mismos, con nuestra sordera.
Hay días buenos, de esos también quedan... pueden ser más fuertes o pueden ser tan débiles como esquivos, pueden perderse entre tanto día malo, pueden hacernos olvidar la lluvia, el llanto, la melancolía... pueden elevarnos antes de una caída o ayudarnos a levantarnos... pero siempre, sin excepción, son apreciados.
Lo peor de los días es que nunca sabes cuál te tocará cuando suena el despertador.
Y lo peor es que yo no puedo hacer como Holly en “Desayuno con diamantes”,:
“—¿Conoce usted esos días en los que se ve todo de color rojo?
—¿Color rojo? Querrá decir negro.
—No, se puede tener un dia negro porque una engorda o porque ha llovido demasiado, estás triste y nada más. Pero los días rojos son terribles, de repente se tiene miedo y no se sabe por qué. ¿Le ha ocurrido a usted alguna vez?
— Sí.
— Pero cuando me pasa lo único que me va bien es coger un taxi e irme a Tiffany´s. Me calma en seguida la tranquilidad y el aspecto lujoso que tiene. Nada malo podría ocurrirme allí. Si pudiera hallar algún sitio en el que me encontrara con ese sosiego que se respira en Tiffany´s...”
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