La vida no es mas que un juego de azar
Bueno, el otro dia dije que el tema de la decepcion lo dejaba para otro momento y antes de que se me vaya la inspiracion, a ello voy, aunque tengo que reconocer que, valga la redundancia, no me reconozco a mi misma, pues estoy demasiado inspirada.
La decepción nos acompaña a cada paso. Nos da miedo decepcionar, nos duele que nos decepcionen y, sin embargo, convivimos con el desengaño. Supongo que nadie es perfecto. Todos tenemos cierta tendencia a idealizar. A pensar que alguien es más de lo que realmente es. Queremos creer en las personas y, a menudo, no contamos con la fe suficiente para hacerlo. Queremos pensar que existe algo bueno en cada gesto, en cada palabra... queremos cerrar los ojos con todas nuestras fuerzas para no ver la realidad. Curiosamente, la mayor decepción nace de las mayores pasiones. Del cariño incondicional, de la amistad longeva, del amor platónico. Solo son capaces de decepcionarnos aquellos que nos importan. Solo quienes nos importan son capaces de alcanzar la perfección en nuestra imaginación.
También decepcionamos. Siempre hay alguien que espera de nosotros una reacción, una palabra, un gesto... y, cuando esas intenciones abandonadas se quedan a medio comenzar, caemos en picado de la idealización al fracaso. Hemos fallado a su utopía. No éramos tan buenos como pensaban y, sin embargo, parecemos ajenos a sus expectativas. No, nadie es realmente consciente de la magnitud de los ideales. Nadie sabe a ciencia cierta qué se espera de él. Puede que no sea nada o puede que sea algo tan inmenso que no logremos ni rozar sus expectativas. Podemos fracasar constantemente en metas que ni siquiera conocemos. Decepcionamos sin pretenderlo, sin darnos cuenta, sin ánimo de ofender.
Me decepciono a mí misma. Puede, es tan solo una posibilidad, que no me decepcionen las personas... que me decepcionen mis ideas. Puede que no me valorase tanto. Puede que, simplemente, me equivocase al creer en él. Es mi error, mi decepción, mi fracaso... y, sin embargo, me duele como si aún tuviera el puñal entre sus manos. La decepción, sin duda, es un arma de doble filo.
Me ha fallado demasiada gente a lo largo del camino. Culpa mía por creer demasiado pronto. Culpa suya por no saber encajar mis expectativas. Culpa de las circustancias, del tiempo, de las ilusiones... y las culpas desaparecen cuando otro nombre se borra de tu agenda.
Puede ser que la solución sea no esperar nada, pero no soñar es imposible. Me gusta confiar de inmediato. Me gusta creer que estarás a mi lado toda la vida, que se puede creer en ti... me gusta soñar con amistades eternas, con guiños cómplices, con charlas de madrugada... me gusta pensar que tengo un buen consejo para todos tus problemas, que me llamarás, que no me olvidarás cuando estés lejos... me gusta soñar con buenas intenciones y mentiras que solo saben decir la verdad. Me gusta arriesgarme cada vez que cierro los ojos, cada vez que creo que no vas a fallarme... si, definitivamente, prefiero llenarme los bolsillos de desengaños y vivir el riesgo de acertar. Puede que, por cada mil errores, acierte una vez... y ese único acierto, esa verdad absoluta será suficiente para volver a intentarlo... y decepcionaré, me decepcionarán y terminaremos por olvidarlo... porque la vida no es más que un juego de azar.
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