Posibilidades y decisiones
Posibilidades. Esas pequeñas opciones que nos plantea la vida. Bifurcaciones en el camino, sendas que elegir, decisiones que tomar, vidas que descartar y momentos que elegir. Esa necesidad de cerrar puertas cada cierto tiempo. La tinta azul del boli que señala mi camino. Y es que, cuando de vivir se trata, no se admiten dudas. Hay que decidir. Proseguir y dejar atrás. Equivocarse, acertar, caerse y aprender. Vivir.
Si de cada decisión tomada o de cada opción descartada se crease una vida paralela, una historia adyacente que partiese del punto exacto en que se tomó un camino y continuase por el camino descartado, tendríamos un número infinito de vidas que, de un modo u otro, terminarían por chocar. Algunas convergerían en un mismo punto tarde o temprano y otras se alejarían invariablemente, hasta límites insospechados. Siempre hay decisiones definitivas y decisiones, simplemente, necesarias.
Cada segundo es una elección. Desde la ropa que nos pondremos hasta a qué hora nos iremos a dormir. Elegimos continuamente. Hay decisiones triviales, decisiones absurdas que ni siquiera tenemos constancia de estar tomando, hay decisiones lógicas, de esas que no dejan lugar a dudas, decisiones racionales, decisiones sentimentales, decisiones rápidas y decisiones equivocadas. Hay tantas decisiones como momentos planteen tomarlas.
Tenía una posibilidad entre sus manos. No una posibilidad cualquiera, no. Era la posibilidad que llevaba toda su vida esperando. Tiempo atrás, la decisión habría estado tomada de antemano. Habría sido sencillo, fácil y satisfactorio. De las consecuencias no sabía nada y, si tenía que ser sincera, prefería no saberlo. Era su posibilidad. Aquel sueño que, durante tanto tiempo, había jugado a ver cumplido. Aquellas noches en vela, aquellas lágrimas, aquella esperanza muda... Pero el tiempo, enemigo y compañero, había decidido jugar con ella una vez más. No, no era fácil y, sin embargo, sabía que no tenía opciones ni necesidad de elegir... pero sentía una deuda con aquel pasado suyo que tanto le hizo sufrir. Sentía que, de un modo ilógico e inapropiado, tenía el deber de compensar todas aquellas lágrimas... aunque ni ella ni su sueño existieran ya. Todo había cambiado tanto... y la posibilidad se arrugaba entre sus manos, congeladas en plena calle. Y el frío, el frío iba azulando sus mejillas y enrojeciendo su nariz. Y la posibilidad se había encogido tanto, que apenas se veía. Se escurría entre sus dedos, como aquella vez se escurrieron sus ganas de seguir... y supo que la posibilidad nunca había existido. Solo se había dibujado entre sus manos, esperando un aspecto tangible al que aferrarse. Una pizca de fe o ese atisbo de esperanza que se evaporó hace años... la posibilidad estaba obsoleta y apagada. No existen opciones para quién tiene la opción correcta bajo el brazo. Y cerró los ojos, dejó escapar la posibilidad con una bocanada de aire helado.
Una parte de ella, la que aún tenía miedo, la que aún tenía dudas, la que nunca había llegado a olvidar y la que, sin comprenderlo, siguió esperando su oportunidad, voló con ella. Y trazaron un camino paralelo, un camino semejante y ciego. Un camino sin rencores, con recuerdos, sin distancias, sin olvidos, con sonrisas, sin heridas... un camino que se alejó tanto, tanto de ella que, cuando quiso seguir sus huellas, las encontró perdidas en la nieve derretida. Y terminó por aceptar que solo fué un sueño. Una locura, una ilusión, una farsa... y, aunque sentía que aún faltaba algo en sus suspiros, nunca dijo nada.
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