Creo que...
Creo que, si pudiese convertirme en cualquier cosa, me convertiría en un recuerdo. No en un recuerdo cualquiera, está claro... sería un recuerdo de esos que hacen sonreír. Uno que se cuela con sigilo a media tarde entre un café y un cigarro o, con disimulo, entre una pregunta y un intento de respuesta. Sería un recuerdo bonito, discreto e íntimo. De esos que, aunque nunca se cuenten, siempre son. Un pensamiento entre fugaz y leve, con rayos de sol y gotas de lluvia, besos, abrazos y caricias. Con aroma intenso, sonidos puntiagudos, silencios prolongados... un recuerdo con acento, kilómetros y manos entrelazadas.
Sin duda, yo sería el recuerdo más inoportuno e inesperado que pudiera encontrar la memoria. Llegaría sin capacidad de disimulo, con una enorme sonrisa y ese brillo de ojos tan mágico, ese que solo aparece cuando cerramos los ojos dejando la mirada abierta... y no haría ruido pero me escucharían en todas partes... y duraría un segundo, dos a lo sumo... pero no me iría del todo, dejaría ese dulzor en los labios que dura hasta que la realidad cala cada hueso y engulle el alma con descaro.
Sería un recuerdo para tenerte entre mis brazos, con tu cabeza sobre mi pecho y la mirada perdida en el punto impropio que definimos a base de besos, ese rincón que huye entre mi alma y tu alma, que nos separa y nos une a trompicones. Esa sutil manera de sentirnos lejos a un milímetro de distancia. Esta absurda manera de sentirte cerca cuando no estas aqui.
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