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Castillos de arena

La gente suele contar historias imposibles sobre revelaciones y futuros que se presentan en forma de casualidad en medio de un presente perfecto… pero yo no me lo creo. La realidad es que vivimos muertos de miedo, planeando un futuro prometedor. Jurándonos a nosotros mismos que todo nuestro esfuerzo tendrá una recompensa, que todas las dificultades que atravesamos no hacen otra cosa que prepararnos para el mañana. Y, de tanto pensar en el mañana, nos vamos olvidando de vivir el hoy.

Ese es nuestro presente. Una carrera de obstáculos con una meta intangible. Una serie de objetivos a largo plazo con los que creemos identificarnos. Eso que todo el mundo tiene, que todo el mundo desea, que todo el mundo necesita. Eso que nos identifica con el resto, que nos mantiene dentro del grupo, que nos une a la humanidad. Nos pasamos toda la vida buscando una diferencia que nos mantenga dentro de la normalidad. Somos tan estúpidos que hemos terminado por creernos toda esa basura del reconocimiento social. Queremos ser aceptados, valorados, respetados, considerados y aplaudidos. Queremos pertenecer a su mundo porque no es otro que el nuestro. Una profesión de éxito, una familia encantadora, una casa de ensueño, un físico envidiable, una cuenta corriente abultada. Un todo que defina nuestro estatus. Somos lo que poseemos, lo que aparentamos, lo que los demás creen ver de nosotros. Hemos perdido completamente la identidad en aras de una identidad colectiva, con unos roles perfectamente estructurados y definidos. Por cada rico un pobre. Por cada guapo un feo. Por cada famoso un admirador. Los antagonistas de estas historias son tan necesarios como los propios protagonistas. Todos necesitamos un espejo en el cual reflejarnos. Necesitamos saber quién es pobre para compararnos con él y considerarnos ricos. Si no existieran los feos, ¿quién sabría diferenciar a un guapo? Nadie. Se volverían tan vulgares como el resto. No habría nada por lo que luchar. No habría un futuro que labrarse. Si todos fuéramos lo que queremos ser, sería demasiado fácil. Nos limitaríamos a vivir el presente y a aceptar nuestra realidad. Seriamos, sencillamente, felices.


Ese era un poco mi problema. Llevaba años viviendo por un futuro que nunca llegaba, allanándome un camino que seguía encontrándose con las mismas piedras, soñando con un mañana que apenas pensaba en mi hoy… olvidándome de mi misma por completo. Había dado por sentado que quería lo que todos esperaban de mí. Había asumido que mis metas eran las mismas del resto, que mis sueños eran simples delirios, que mis resultados serían mi máxima alegría… Había renunciado a la mayoría de las cosas sin darme cuenta de lo que estaba haciendo, pensando que había algo mejor al final de mi camino, creyendo a pies juntillas eso de esforzarse por una meta, recitando un montoncito de objetivos insípidos como míos, prometiendo que mis aspiraciones pasaban por completar un compromiso social no escrito, por formar parte de algo, por ser ese algo, por tener lo que me decían que necesitaba y que, de algún modo, empezaba a necesitar. Había cambiado mi presente por un castillo de arena que me habían vendido con la promesa de que, algún día, se volvería de cemento… y, cuando menos me lo esperaba, llegó una ola. Ese es el final de mi historia o, quizás, solo sea el principio.

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