...y sigo pensando que aunque suene absurdo, el amor es el motor del mundo.
Ha pasado un año, si, un año desde que empecé mi aventura en este blog. Doce largos meses en los que han ocurrido muchisimas cosas en mi vida, muchas...He de reconocer que he cambiado. Creo que nunca he llegado a negarlo radicalmente. Soy consciente de todo lo que sucede en mi entorno, en mi vida y en mi actitud hacia ella. También sé que la vida no es más que una continua sucesión de cambios, a mejor o peor... pero cambios, a fin de cuentas. No se trata de una línea recta, no... es un camino lleno de curvas, baches, cambios de sentido, pasos subterráneos, puentes y, en ocasiones, callejones sin salida. La vida es arriesgarse y saber asumir los cambios con una sonrisa, darte cuenta de que no todo lo que cambia es malo... ni se pierde todo lo que se distancia, solo muere lo que olvidamos. Solo perdemos lo que dejamos ir por miedo a cambiar.
Antes pensaba que los cambios eran cuestión de edad, de tiempo o, quizás, de acontecimientos drásticos. Cuando pasó el tiempo, crecí y viví experiencias más o menos drásticas, me di cuenta de que seguía sin cambiar... que los cambios más significativos no acudían puntualmente a una fecha o a una cita programada. Los cambios eran impredecibles y, cuando menos me lo esperaba, amanecía distinta... pero conservando ese trasfondo que me contiene en esencia. Conservando principios, ideales, pensamientos y carácter... a fin de cuentas, somos lo que vive en nuestro corazón.
Ahora, tras mucho tiempo, he comprendido al fin que los cambios surgen de las personas y sus acciones. Esa idea absurda de que el amor es el motor del mundo, finalmente, resultó ser cierta. Y cambiamos cuando nos aman, cuando amamos realmente. Cambiamos porque el amor nos pegó una patada y nos llenó los bolsillos de miedo. Cambiamos porque los besos se terminaron y nos dejaron sumidos en una adicción eterna. Cambiamos porque, de repente, descubrimos que esa tontería de la media naranja es más cierta de lo que parecía. Cambiamos porque perdemos el amor, porque lo encontramos, porque le tememos o porque, simplemente, lo dejamos de esperar.
Un día, sin ningún motivo especial, abres los ojos y te das cuenta de que estás hecha de mitades. De que una mitad es tuya, como siempre lo fue... pero la otra está fuera de tu cuerpo. Esa otra mitad es amor. Y no se parece a lo que hayas podido sentir antes. La amistad, la familia, incluso las mascotas... no, no deja de ser amor... pero no es esa fuerza absorbente que te atrapa y te envuelve, que te ata invisiblemente a la otra persona y te arranca lágrimas de alegría cuando comprendes que los abrazos no dan para más, que nunca podrás saciar esa ansia, nunca podrás aproximarte tanto como para romper esa distancia de un milímetro que separa tu alma de la suya. Todo mi mundo gira entorno a tu ombligo y, sin embargo, sigo con mi vida... porque tú formas parte de ella y coges mi mano a cada paso, me acompañas en mis rutinas, en mis dudas, en mis alegrías, en mis miedos... porque tener pareja no significa apartarse del mundo... tener pareja es dejar de ser uno para empezar a ser dos... y compartir, convivir, acompañar...
La gente que, alguna vez, ha sido la mitad de un todo, comprende. El resto, solo imaginan. Es duro, pero es cierto. Solo comprendemos realmente las emociones que hemos sentido... el resto, es intuición. Por eso nos alejamos, por eso los cambios distancian a las personas... porque solo quién va de tu mano durante tu cambio, comprende que sigues siendo tú...
He cambiado, sí. Ahora soy parte de algo. Ahora no existo sin él porque él es parte de mí. Él es mi boca, cuando al recordarle me muerdo los labios. Él es mis ojos cuando le busco por la mirada esperando, impaciente, que aparezca. Él es mis manos cuando me coge entre las suyas y me dice que me quiere. Se llama amor.. y, aunque suene absurdo, es el motor del mundo.
0 comentarios